Cuando la mente pierde el control, las carreteras cobran vidas

 

Salud mental e imprudencia: el enemigo invisible del tránsito

 

En República Dominicana hablamos de imprudencia como si fuera una simple falta de educación vial. Señalamos al que se cruza en rojo, al que rebasa en curva, al que conduce a alta velocidad. Pero pocas veces nos detenemos a mirar más profundo: ¿qué está pasando en la mente de ese conductor?

Las estadísticas internacionales señalan que más del 90 % de los accidentes de tránsito están relacionados con fallos humanos. No todos esos fallos se deben al desconocimiento de la ley. Muchos responden a impulsos, emociones desbordadas y estados psicológicos alterados.

En nuestro país, los accidentes de tránsito continúan siendo una de las principales causas de muerte. Cada año se pierden cientos de vidas en carreteras y avenidas que, más que escenarios de movilidad, se han convertido en escenarios de dolor.

La imprudencia tiene raíces emocionales

La ira, el estrés acumulado, la ansiedad económica y la frustración diaria no desaparecen cuando una persona se monta en un vehículo. Por el contrario, el tráfico intenso, el ruido y la presión del tiempo pueden amplificar esos estados.

Un taxista de la capital relató:

“Hay días en que uno sale con la cabeza llena de problemas. Si alguien se te cruza, reaccionas mal. No piensas, actúas.”

Una madre joven, sobreviviente de un accidente, confesó:

“Estaba atravesando un momento de depresión. Manejaba en automático. No medía riesgos. Después entendí que no estaba emocionalmente apta para conducir.”

Estos testimonios revelan algo que rara vez se discute en campañas de tránsito: la estabilidad emocional influye directamente en la seguridad vial.

Una sociedad agotada al volante

Vivimos bajo presión constante. El costo de la vida, el desempleo, las responsabilidades familiares y la inseguridad generan niveles elevados de estrés colectivo. Ese agotamiento se traduce en impaciencia, intolerancia y conductas agresivas en las vías.

La llamada “ira al volante” no es solo un arranque momentáneo; es el reflejo de una sociedad emocionalmente saturada.

Y cuando una mente alterada se combina con velocidad, distracción o imprudencia, el resultado puede ser irreversible.

Más conciencia, menos estigma

Hablar de salud mental aún genera resistencia. Muchos lo ven como debilidad, otros como exageración. Sin embargo, ignorar este factor en la conversación sobre seguridad vial es cerrar los ojos ante una parte fundamental del problema.

No basta con aumentar multas ni colocar más retenes. Necesitamos educación emocional desde las escuelas, campañas públicas que vinculen bienestar psicológico y conducción responsable, y acceso real a servicios de apoyo mental.

Porque conducir no es solo una habilidad técnica; es un acto que exige equilibrio interior.

La pregunta que debemos hacernos

Antes de encender el motor, quizá deberíamos preguntarnos:

¿Estoy emocionalmente estable para asumir la responsabilidad de manejar?

La carretera no distingue entre una distracción física y una mente ausente. En ambos casos, el desenlace puede ser fatal.

La salud mental no es un lujo ni un tema secundario. Es un asunto de vida o muerte en nuestras calles.

Si queremos reducir los accidentes, debemos empezar por reconocer que el verdadero cambio no solo está en las leyes, sino en la conciencia colectiva.

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