Santo Domingo.- En la última década, nuestro país ha transitado por un sendero económico marcado por una contradicción punzante: un crecimiento robusto del Producto Interno Bruto (PIB) que camina de la mano con un endeudamiento acelerado. Al observar la evolución de la deuda pública entre 2015 y 2025, queda claro que las decisiones tomadas en estos diez años están definiendo, para bien o para mal, el margen de maniobra de nuestra generación y de las que vendrán.
La Década del Endeudamiento Acelerado (2015-2025)
Si analizamos los datos fríos, la transformación es evidente. En 2015, la deuda del Sector Público No Financiero (SPNF) rondaba los 24,000 millones de dólares. Al cierre de 2025, esa cifra ha superado la barrera de los 61,000 millones de dólares.
Este incremento de más del 150% en apenas diez años no ha sido lineal. Estuvo marcado por la respuesta a la crisis global de 2020, pero también por una inercia presupuestaria donde el endeudamiento se convirtió en la herramienta estándar para cubrir déficits estructurales. Aunque el coeficiente deuda/PIB se ha mantenido en niveles que los organismos internacionales califican como «manejables», el monto nominal y el costo de servir esa deuda han alcanzado niveles históricos en este 2026.
Y aquí entro yo como una ciudadana joven preguntándose cómo enfrentaremos esta inflación, qué nuevos retos enfrentará la juventud dominicana para cumplir sus sueños, el de la casita propia, un vehículo confortable al concluir sus estudios y conseguir un buen empleo que te quitan un porcentaje de tu sueldo en ISR
El problema fundamental no es solo cuánto debemos, sino cuánto nos cuesta deber. En esta última década, el perfil de la deuda ha migrado hacia condiciones de mercado que, ante el endurecimiento de las tasas de interés globales en los años recientes, han encarecido el pago de intereses.
Para el presupuesto de este año, casi una cuarta parte de los ingresos fiscales se destina a cumplir con los acreedores. Esto significa que el Estado dominicano tiene las manos atadas: el dinero que debería ir destinado a transformar el sistema de transporte, mejorar la seguridad social o tecnificar el campo, se va en el pago de intereses de préstamos tomados años atrás para cubrir gastos corrientes.
¿Quién paga realmente la factura?
Existe la falsa percepción de que la deuda es un asunto de «los gobiernos». Nada más lejos de la realidad. El costo lo paga la sociedad dominicana a través de tres vías directas:
1. El Ciudadano Consumidor: A través de impuestos indirectos que encarecen el costo de la vida. Cada vez que se ajusta un esquema impositivo para cerrar la brecha del déficit, es el bolsillo de la clase media el que sufre el impacto.
2. El Joven Profesional: Que hereda un país con menos capacidad de inversión productiva. La deuda de hoy es, literalmente, el consumo de los recursos que deberían financiar el futuro.
3. El Sector Vulnerable: Que recibe servicios públicos de baja calidad (salud, agua, electricidad) porque el «espacio fiscal» está ocupado por el servicio de la deuda.
Al cerrar esta última década, la República Dominicana se encuentra en un punto de inflexión. No podemos permitir que el endeudamiento siga siendo la salida fácil para la falta de eficiencia en el gasto público.
Es imperativo pasar de la «gestión de la deuda» a la «responsabilidad fiscal». Esto implica una reforma que no solo busque recaudar más, sino gastar mejor, eliminando el despilfarro y asegurando que cada centavo tomado prestado genere un retorno social medible.
La pregunta no es si podemos seguir tomando prestado, sino hasta cuándo el pueblo dominicano podrá seguir pagando una factura que crece más rápido que sus propios salarios. La estabilidad es necesaria, pero no puede sostenerse sobre la base de una hipoteca infinita.














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