Sharenting: ¿diversión familiar o explotación digital silenciosa?
Por Wal Polanco
Reportaje especial | Revista Regionarios
Santo Domingo, República Dominicana.- En una habitación iluminada por un aro de luz, una niña de seis años repite una escena por cuarta vez. Su sonrisa ya no es espontánea, pero el video debe salir “perfecto”. Afuera no hay fábrica ni taller clandestino, pero dentro de la pantalla ocurre una nueva forma de trabajo infantil: la infancia convertida en contenido.

En la era de los influencers, el trabajo infantil ha mutado y se ha sofisticado. Hoy no siempre se manifiesta con manos callosas, sino con likes, reproducciones y contratos publicitarios. Existe una línea muy delgada y peligrosamente difusa entre el vlogging familiar y la explotación laboral infantil amparada por el vacío legal de las redes sociales.

El fenómeno del sharenting ha crecido de manera exponencial en República Dominicana. Canales familiares en YouTube, TikTok e Instagram muestran rutinas diarias, bromas, retos y momentos íntimos protagonizados por niños que, sin saberlo, se convierten en el principal activo económico del hogar.
“Empezamos grabando por diversión”, narró una madre creadora de contenido, quien prefirió mantener el anonimato. Sin embargo, con el aumento de seguidores llegaron las marcas, los horarios de grabación y la presión por mantener la audiencia. La diversión se transformó en obligación, puntualizó.
Especialistas en derechos de la niñez coinciden: cuando existe generación constante de ingresos, planificación de contenido y dependencia económica, ya no se trata de un juego.

¿Quién protege al niño cuando la ley guarda silencio?
En el país, el Código para la Protección de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes prohíbe el trabajo infantil en múltiples formas. No obstante, la legislación no contempla de manera explícita la explotación digital, dejando a miles de menores en una zona gris.
Abogados consultados afirmaron que los niños:
- No firman contratos.
- No administran las ganancias generadas con su imagen.
- No tienen mecanismos para retirar contenido en el futuro.
- No otorgan un consentimiento informado real.
“El consentimiento de un menor no puede equipararse al de un adulto, mucho menos cuando su imagen queda expuesta de forma permanente en internet”, enfatizó un jurista especializado en derechos digitales.
La exposición temprana tiene consecuencias que no siempre son visibles de inmediato. Psicólogos infantiles advierten que estos niños pueden enfrentar, en la adolescencia y adultez:
- Conflictos de identidad.
- Ansiedad y presión por la aprobación pública.
- Vulnerabilidad al acoso digital.
- Dificultad para separar lo íntimo de lo público.
“Estamos creando una huella digital que ellos no eligieron”, afirmó una especialista en salud mental, quien subrayó que el interés superior del niño debe prevalecer sobre cualquier beneficio económico o fama familiar.
Entre la fama y la protección: ¿qué camino tomar?
Mientras países como Francia avanzan en leyes que obligan a proteger las ganancias de los menores influencers, en República Dominicana el debate apenas comienza. La falta de regulación deja la responsabilidad en manos de los padres, las plataformas digitales y las marcas que patrocinan estos contenidos.
La pregunta ya no es solo legal, sino ética y social:
¿Estamos criando niños para vivir su infancia o para sostener un algoritmo?
Hablar del trabajo infantil en la era digital no busca criminalizar a las familias, sino poner en el centro al niño, su bienestar, su privacidad y su derecho a decidir, en el futuro, qué parte de su historia desea compartir.
La infancia no debería ser una estrategia de marketing. Ni la privacidad, el precio del éxito digital.
Regular el sharenting es una deuda pendiente con una generación que hoy sonríe frente a la cámara, pero mañana podría preguntarse:
¿por qué nadie me protegió? Los dejo con esta reflexión que más adelante nos podría pesar








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